Ariadna
El suplemento para comprender el mundo digital
 
    EL MUNDO - Jueves 17 de enero de 2002 - Número 76  
     
  REDES |  


  En Europa acabamos de estrenar una nueva red de alta velocidad cuatro veces más potente que la estadounidense internet 2. Su nombre es Gèant (gigante, en francés), y está destinada para uso exclusivo de la comunidad científica. La apuesta es tan grande que la ue destina 200 millones de euros a financiar esta red y los proyectos de supercomputación. Y en dos años cuadruplicará de nuevo su velocidad.


Europa gana el pulso a Internet2

 
  JOSÉ LUIS DE VICENTE  
  Europa es algo más que una moneda. Aunque las celebraciones por la introducción del euro le han restado protagonismo, acaba de producirse un hecho decisivo para el futuro de la Red en nuestro continente: la entrada en funcionamiento de una red de alta velocidad para la comunidad científica, la Red de Gigabit Paneuropea para la Investigación y la Educación (Gèant, gigante en francés).

Compararla con la americana Internet2 permite comprender lo importante de la apuesta. Gèant une más de 3.000 centros de investigación de 32 países, frente a los poco más de 180 centros de Internet2. Su velocidad en muchos tramos es de 10 Gigabits por segundo, cuatro veces más que la estadounidense. Y cuando ésta alcance la capacidad europea actual, en unos dos años, Gèant estará en los 40 Gigabits.

“La apuesta de la Unión Europea por Gèant es tan grande”, afirma Víctor Castelo, director de RedIris –la organización que proporciona en nuestro país el acceso a Internet a la comunidad universitaria e investigadora española–, “que a partir de 2003 sus programas de I+D se dedicarán prioritariamente a financiar esta Red y a promover los proyectos de supercomputación distribuida en Europa”. Un esfuerzo cuantificable en unos doscientos millones de euros (más de 33.000 millones de pesetas) para los próximos cuatro años.

RED CIENTÍFICA. Y es que por encima de la Red que todos conocemos, la de los chats, las tiendas electrónicas y los MP3, existen otras. Son redes exclusivas, en las que los datos circulan cientos de veces más rápido que en las mejores conexiones de ADSL. Las utilizan alrededor de tres millones de científicos y académicos de todo el mundo para colaborar en toda clase de proyectos de futuro. La primera, Internet2, nació en Estados Unidos hace siete años y hasta el pasado 1 de diciembre era la más avanzada del mundo. Ese día los europeos estrenamos Gèant.

Internet2 y Gèant son, en cierto sentido, las herederas naturales de la primera Internet, la que en los años 70 y 80 era patrimonio casi exclusivo de la comunidad académica y científica, que la utilizaba como vía para compartir información y espacio en el que experimentar con nuevos proyectos.

La explosión de la Web en los 90, la llegada de cientos de millones de internautas y la fiebre del e-business hizo que los pobladores originales de la red de redes estuviesen cada vez más incómodos. Tenían que pelearse por un ancho de banda que necesitaban para seguir con sus investigaciones. La conclusión era evidente: había llegado la hora de mudarse.

En 1996 arranca la aventura de Internet2: un sistema de intercambio de información a alta velocidad de acceso restringido donde la comunidad científico-académica –y sólo ella– puede disfrutar del ancho de banda que necesitan sus miembros para desarrollar experimentos completamente inviables en la Internet1.

“En un sentido estricto, Internet2 no es una red: es un proyecto de investigación”, explica Víctor Castelo. Así, no existe de una forma separada a la Red que todos conocemos y en muchos casos no circula por cables diferentes. Sencillamente, reserva una cantidad de ancho de banda por usuario infinitamente mayor que la que nos conceden los proveedores de acceso comerciales.

¿Para que sirve una red a 10 Gigas por segundo? Evidentemente, no se trata de poder bajar cientos de mensajes en un instante, ni recorrer la web a velocidades de infarto. La idea es ofrecer a los investigadores la posibilidad de inventar aplicaciones nuevas. Por ejemplo, los astrónomos conectados a Internet2 pueden utilizar a través de su ordenador en tiempo real los enormes radiotelescopios que hay repartidos por todo el mundo, desde Hawai hasta las Islas Canarias, con el mismo grado de precisión que si estuviesen en su sala de control.

Más importante, sin embargo, es que las nuevas redes están cambiando la manera de trabajar de los científicos, acercándolos cada vez más y posibilitando que se emprendan enormes iniciativas basadas en la colaboración a gran escala. Proyectos como el del Genoma Humano han demostrado que los grandes retos científicos del próximo milenio sólo podrán llevarse a cabo repartiendo el trabajo entre muchos centros de diversas partes del mundo. Las superredes de comunicación son la pieza clave de este modelo cooperativo.

PROBLEMAS. Hasta ahora, cuando un investigador español colaboraba con otro estadounidense en algún proyecto en Internet2, emprendía un viaje que se inicia en RedIris y que le lleva hasta su equivalente americano: Abilene, la red física que hospeda el proyecto de la superred de alta velocidad. Obviamente, juega en inferioridad de condiciones, dado que RedIris no puede proporcionarle la velocidad de acceso a la información que Abilene suministra a sus colegas americanos. O no podía, hasta la llegada de Gèant.

Sin embargo, los problemas para que Europa desarrolle en Gèant proyectos tan revolucionarios como los que ya se están gestando en Internet2 son todavía muchos.

Para empezar, a diferencia de Estados Unidos, la situación del mercado de las telecomunicaciones es radicalmente distinta en cada uno de los 32 países que pertenecen a la Red. Mientras que Gran Bretaña, Francia y Alemania están ya listas para aprovechar todo el potencial de la tecnología, en España la conexión inicial que realizará RedIris a Gèant es de 2,5 Gigabits por segundo, y en países como Portugal será aún menor.

Pero, además, de nada sirve una gran capacidad para canalizar datos si las instalaciones que conectan a los centros con la red no están preparadas para enviarlos y recibirlos sin que se produzcan tremendos cuellos de botella. En una situación ideal, cada centro debería ser capaz de conectarse hasta a un Gigabit por segundo para aprovechar las capacidades de Gèant, como sucede con el Instituto de Física de Altas Energías de Barcelona, el Instituto de Física de Cantabria o el CIEMAT de Madrid, que colaboran con instituciones de otros ocho países europeos para crear un enorme cerebro electrónico que analice la información producida por el monumental LHC de Suiza, el mayor acelerador de partículas. Pero la realidad es más modesta.

Así, RedIris pretende conseguir que todos los centros españoles estén pronto conectados a 155 megas por segundo, pero se dan casos como el de la Universidad Complutense de Madrid, la más grande de España. Según Víctor Castelo, hasta el pasado verano este centro con alrededor de 60.000 estudiantes estaba conectado a RedIris por medio de dos líneas de dos megas cada una. Es decir, cuatro megas, una conexión similar a la de una empresa de tamaño medio con pocos cientos de empleados.
 
 
 GRÁFICO: Gèant, la nueva red